Redescubriendo un nuevo mundo

Redescubriendo un nuevo mundo
diciembre 27 04:52 2014
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Yo soy el del medio

Tenía catorce años y entraba puntero en la pista de tartán de Mar del Plata, se corrían los 1.000 metros en los Torneos Juveniles Bonaerenses y, poco a poco, notaba como era sobrepasado en los últimos metros, empujaba todo lo que mi cuerpito de 60 kilos podía pero, igualmente, perdía la carrera por un segundo, colgándome la medalla de plata con 2’49”. A los catorce años, sólo entendía que eso era una derrota.
Fue poco más de un año de atletismo y luego muchos deportes grupales me llevaron a otros entrenamientos. Los recuerdos de pasadas, ritmos y fondos; soledad, amistad y competencia; y la felicidad que eso me generaba, quedaron guardados en algún rincón. Luego, fue la vida la que me llevó por otros caminos, el estudio de la medicina me alejó del deporte; más tarde, el ingreso a la empresa familiar me enseñó lo que es el estrés laboral y me apartó del buen estado físico.

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85 kg de vida empresarial

Habían pasado trece años y 25 kilos se sumaban a mi cuerpo. Hacía mucho ya que no era “ese pibe”, pero tampoco era ya “el deportista” y, lo peor de todo, ya no era “el flaco”. La mejor prueba de ello fue que me encontraba sentado frente a una nutricionista: y los flacos no van a la nutricionista. Mi orgullo estaba tocado, empezaba a tener problemas “de viejo”. Poco a poco aprendí a comer, algunos kilos quedaron en el camino, pero lo que en ese momento consideraba el peso ideal: 77 kg, no quería presentarse tan fácil. Ante mi negativa a pasar hambre, la nutricionista no me dio otra opción: “tenés que salir a correr”. Pero yo aún me guardaba un as bajo la manga, tenía “el secreto” de cómo acortar camino.
Por lo que esta vez, me senté frente a un cirujano plástico y pensé que podía evitar todos esos incómodos kilómetros de trotes, en sólo una tarde.

En su momento, estuve muy lejos de verlo, pero hacerle caso a la nutricionista y no al cirujano fue uno de los grandes aciertos de mi vida. Sólo motivado por la balanza y carente de ganas, arrastraba mi cuerpo dos veces por semana, unos siete u ocho kilómetros. Esperando que la balanza diera el número mágico, que rompiera el encanto, para culminar con ese suplicio. Por suerte, la magia apareció antes que el peso, empecé a disfrutar, me sentí mejor, y volví a reconciliarme con mi cuerpo, no sólo con la forma, sino con el contenido.
Encontraba una energía que antes no existía. Y de a poco, quería más. El par de días que salía por semana formaron pareja y dieron a luz un tercer día. Tarde por medio me calzaba las zapatillas y disfrutaba moviéndolas.
Pero aún, el pibe de catorce años seguía profundamente dormido, los recuerdos de competencias y entrenamientos diarios se interponían como una barrera entre lo que había disfrutado y lo que ahora recordaba. Tuve que recorrer muchos kilómetros más para que, tras tantas zancadas, se empiecen a despertar esos recuerdos.

Se inauguraba el año 2011 y yo empezaba planificar mis pasos con un entrenador. Disfrutaba el buen clima y los entrenamientos variados, pero nada quería saber con la competencia. Mi memoria me decía que eso era una pista, un tiempo y un compromiso. Los meses pasaron y el otoño me hizo pensar en un refugio, se venía el frío y cambiar una actividad aeróbica por otra, pero más cálida, parecía una buena opción. Fui a averiguar los horarios de la pileta, podría guardar las zapatillas hasta la primavera y estrenar las antiparras. Pero antes de comprar el abono, una mañana cambió mi mundo. Fui invitado a una carrera de calle multitudinaria, sólo de público ya que era exclusiva de mujeres, pero descubrí el mundo del running y quise probarlo.

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Abril del 2011

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Noviembre del 2014

Un mes más tarde, estaba apretujado entre miles a punto de larga mi primer carrera de calle, con seis kilómetros por delante, todo lo que pasó entre la largada y la llegada es anecdótico, pero una vez que crucé la línea supe lo que quería. Nunca más, pensé en la pileta y, ahora, todo pasaba por mejorar, llegar antes, bajar tiempos, buscar el próximo objetivo. Aumentaron las sesiones, las distancias, las intensidades, siempre había más por delante. Al poco tiempo, descubrí que en la pista se podía correr más rápido todavía y me enamoré de ella, pero sin dejar de disfrutar la calle. Todo aumentaba pero nada tanto como el placer que sentía.
Volvía a ser el pibe, el deportista, el flaco. El peso ideal quedaba muy atrás, casi era igual de liviano que ese chico que fui. Volvía en cierta forma a ser feliz, redescubría este nuevo mundo del running; al fin y al cabo, no importaba si era finales del milenio pasado o principios del actual, siempre fue correr. Disfrutar el cuerpo en su máxima expresión, explorando la mente y descubriendo el alma a cada paso.
Finalmente, entendí que a los catorce años no había perdido nada, que había ganado tantas cosas que no podía llevarlas a cuestas. Las había escondido en una isla solitaria dentro de un cofre pirata, esperaban bajo la arena el momento en que más las necesitara para salir de nuevamente al sol. Y el momento había llegado, estaba desenterrando los tesoros, recordando cuanta alegría, amistad, aprendizaje, confianza, humildad, solidaridad, fortaleza, paz, satisfacción, claridad, euforia y felicidad puede dar el simple hecho de correr. Todo eso ya lo había vivido, sólo era cuestión de redescubrirlo.

 

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Ezequiel Brahim
Ezequiel Brahim

Seguramente no soy el único que empezó a correr para bajar de peso. Ya cinco años pasaron, y no sólo conseguí bajar de peso, descubrí nuevos mundos, al principio en la calle el universo del running, luego, en la pista, el atletismo de elite. Compartir lo mejor de ambos, es el impulso para escribir cada linea.

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