Recorriendo la gran manzana

Recorriendo la gran manzana
marzo 16 18:26 2015
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Con Javier recibiendo el primer impacto

No podía entender de qué forma disfrutaríamos la siguiente semana, si los hueso chillaban por la temperatura; lo descubriría al andar. Con mi compañero de viaje, Javier Carriqueo, consideramos que una vuelta por el Time Square era suficiente para la primera tarde, y luego al hotel a dormir, esperando que al despertar todo sea un sueño y el calor de Orlando nos saque de la cama. Pero la mañana llegó con termómetro en negativo y el entrenamiento no entiende de climas, así que salimos, con toda la valija de ropa puesta encima, a conocer el Central Park de la mejor manera, al trote. Estábamos cerca, así que el entreno largó desde el hotel, al atravesar la puerta giratoria, el viento fue como una cachetada, pero paso a paso el cuerpo se fue olvidando del clima y los sentidos se enfocaban en la ciudad que teníamos encima. Digo encima, porque si se está en las calles de Manhattan, debe haber más gente arriba de uno que a la par, la selva de rascacielos poblados de personas se sucede hasta donde llega la vista, tapada también por otro rascacielos.
IMG_20150317_173249Y así como el Coronel Aureliano Buendía una tarde conoció el hielo, yo esa mañana vi la nieve por primera vez en su extensión. Si bien ya había visto algún parche perdido en la montaña, o bien la había observado desde lejos en las cumbres eternas, quizás por mis preferencias climáticas, nunca había estado cuerpo a cuerpo con una gran masa de nieve. El Central Park me ofrecía su manto blanco ante mis ojos, y no pude resistir la tentación de correr como un nene sobre la superficie impoluta. La verdad fue un poco distinta a lo que imaginaba, algunos pasos me sorprendían hundiéndose hasta el tobillo, otros se mantenían firme, pero se podía avanzar relativamente bien, al menos en línea recta. Todo un paseo por el parque.
IMG_20150226_163330A la tarde tocaba otro trote con trabajos técnicos, y como la nieve ahora ya la conocía, decidimos probar con las cintas del gimnasio del hotel. Una de las grandes ventajas, en estos casos, es que se puede correr siempre a la par, independientemente de la velocidad a la que vaya cada uno. Bueno, se puede correr siempre y cuando las cintas funcionen, al cuarto de hora de ir al trote ambas se detuvieron de golpe. Javier no lo dudó, se abrigó rápidamente y salió a la calle a completar el entrenamiento, yo lo dudé, y me quedé. Busqué por un rato la forma de que volvieran a funcionar y luego acomodé el entrenamiento a la bicicleta fija, no es lo mismo, pero me dejó dormir tranquilo entendiendo que había entrenado lo necesario.
El miércoles lo iniciábamos con un fondo más largo y movido, ahora si a recorrer por completo el Central Park, con una vuelta de unos 10 kilómetros de constantes subidas y bajadas, curvas y contracurvas, paisajes y lugares nuevos a cada paso, es casi imposible no correr motivado, por más que 5 grados bajo cero choquen con nuestra cara. Por suerte podíamos compatibilizar la mayoría de los entrenamientos y gran parte de ellos los hacíamos juntos con Javier, excepto las pasadas, claro está. Pero ese día, nos recibió con una intensa recorrida por el gran pulmón de Manhattan, después de eso, el día nunca podría ser malo.
IMG_20150312_103143El jueves, el entrenamiento fue parecido, pero al variar el circuito todo cambió. Yo salí a hacer otros 70 minutos y Javier unas pasadas de mil, que puestas en línea recta, entre el calentamiento y el afloje, daban  una distancia parecida, así que nos fuimos acompañando, pasando y sobrepasando a lo largo de toda la costa sur de la isla de Manhattan. Vimos el río Hudson tachonado de grandes parches de hielo, la estatua de la libertad a lo lejos, los puentes de Brooklyn y Manhattan sobre nuestras cabezas, el río del este totalmente descongelado. Habíamos hecho un recorrido similar caminando, la tarde del día anterior. Sin duda que al trote fue infinitamente mejor, en parte, también, por la temperatura corporal. A la tarde, me sorprendió la biblioteca pública de Nueva York, un edificio imponente para albergar quizás al mayor logro de la humanidad, el libro. Su visita fue uno de los grandes recuerdos que me llevo de esa inmensa metrópolis.
Jueves, último día completo, un trote tranquilo, ya acostumbrados al circuito que salía desde el hotel, enfrente al Madison Square Garden, por la séptima avenida, atravesando Time Square para llegar al Central Park en unos diez minutos, algunas vueltas por ahí y de vuelta al hotel, incluso quedará la anécdota de cruzarme a alguien conocido también corriendo por la séptima avenida. Quizás no es tan llamativa porque era mi compañero de entreno, pero la verdad es que no esperaba encontrarlo ahí para esa altura de la práctica. La última tarde la había dejado para uno de mis momentos más placenteros, salir a recorrer librerías. Dejarme llevar de lomo en lomo de libro, disfrutar el olor a papel y tinta, bucear dentro de pilas de usados buscando alguna joya perdida, moverme con la sensación de que atrás de cada tapa puede haber un mundo maravilloso o una gran desilusión. Saber leer los pocos indicios que marcan la diferencia, antes de zambullirse en un libro es todo un desafío. Recolecté direcciones por internet, caminé mucho buscando, volví a consultar a la red, fueron varias horas, no pude encontrar un solo libro. Nada. De golpe recordé que no había visto una sola librería desde que había llegado a Estados Unidos. Sin duda habrá miles, tiene grandes escritores, pero yo no tuve la suerte de toparme con un solo lugar donde comprar un libro. Para cualquier otro producto, siempre encontré kilómetros enteros de tiendas. Cansado, decepcionado y con mucho frío, volví al hotel.

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Biblioteca Pública de Nueva York

Último medio día del viaje, ¿cómo nos despedimos de la gran manzana? Sí, corriendo. Con la sensación especial que sólo dan los últimos pasos. Y a salir temprano para el aeropuerto, con la sensación de que ya no hacía tanto frío o bien el cuerpo se había acostumbrado, de cualquier forma ya era tarde, nos esperaba el calor de Argentina. Subte, tren, avión, muchas vueltas, mucho tiempo, mucha espera, poco por hacer. Es lo que odio de viajar.

Pero para salvar el día, en el medio del desolado desierto, apareció un oasis. Por unos segundos, pensé que era un espejismo, pero no, era verdad, sin dudarlo me zambullí para aprovechar hasta la última gota. Encontré una muy pequeña librería en el aeropuerto, con algunos estantes de clásicos, suficiente para colmar mi sed. Después de medía hora de intenso placer, me subí al avión con la sensación de que ya todo estaba hecho.
Fueron diez días juntos, nuevamente mucha agua pasó bajo el puente, pero siento que empecé el viaje con un amigo y lo terminé con algo más. La experiencia junto a Javier fue enriquecedora e inolvidable, compatibilizamos tan bien que todo parecía ir en piloto automático. Lo abracé al despedirnos y no tuve las palabras justas para demostrarle cuan agradecido estaba.
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Jamás hubiese pensado ir a Estados Unidos, estaba muy atrás en mi lista de países a conocer. Jamás hubiese pensado que algunos trotes para bajar de peso cambiarían mi vida, corriendo. “La vida reparte las cartas y nosotros elegimos como jugarlas”. Me gusta esa frase, pero la verdad es que a veces las cartas son tan extrañas y sorprendentes como recibir  el cuatro de copas, el siete de corazones y una ficha de dominó con un tres de ambos lados. Con lo que tenga en la mano, yo quiero seguir jugando.

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Ezequiel Brahim
Ezequiel Brahim

Seguramente no soy el único que empezó a correr para bajar de peso. Ya cinco años pasaron, y no sólo conseguí bajar de peso, descubrí nuevos mundos, al principio en la calle el universo del running, luego, en la pista, el atletismo de elite. Compartir lo mejor de ambos, es el impulso para escribir cada linea.

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