Crónicas cariocas IV

Crónicas cariocas IV
julio 27 20:08 2014
¿Dónde está Wally?

Apretado, sudado, pisoteado, sin saber que dicen ni cuanto falta. Así me encontraba instantes antes de largar. Pero también buscando enfocarme y serenarme sin bajar mucho la excitación, encontrar el equilibrio interno.

Sin anticiparlo, sin cuenta previa, unas cornetas suenan y la marea de gente se revuelve, me empujan y empujo, esquivo y a los pocos metros ya vamos libres. Busco la punta, no está muy lejos, trato de de no perder contacto, de ir suelto y movido. Se empieza a afinar el pelotón, intento no quedar encajonado detrás de los que van quedando relegados, enfocado en seguir siempre conectado con el primer grupo. De a poco veo cada vez menos gente delante, pasamos el primer kilómetro y no quiero mirar el reloj porque sé que el tiempo puede doler, sólo hay que mirar la punta, la nuca del que me marca el paso.

Cada vez más fino el grupo, ahora sólo son tres delante de mí, dos con la remera del mismo club, y otro que va marcando levemente el ritmo. Pienso solamente en aguantar ese grupo, es el grupo del podio, con ellos ya estoy adentro. El que marcaba el ritmo empieza a abrir levemente. Se acerca el segundo parcial y voy muy justo, sigo buscando resistir suelto esperando que el ritmo afloje un poco. Escucho pasos cerca, pero no miró para atrás, la carrera está adelante.

El momento en que me quedo solito…

Dejamos atrás el segundo kilómetro y el ritmo sigue muy firme, llegamos a una curva bien amplia a la derecha, por la avenida de cinco carriles el puntero se abre a la izquierda, de los compañeros de equipo; uno lo sigue, el otro queda conmigo pero me abre un metro, dudo detrás de quien ponerme, por otro lado ninguno se acerca a la parte interna de la curva. La dispersión del grupo me da la sensación de quedar solo, expuesto, cada paso cuesta seguir pegado, la brecha se estira un poco más, intento tímidamente buscar el interior de la curva para ver si puedo acortar pero igual se alejan, con la respiración muy exigida sé que si se van se va el podio, que detrás de mí están todos muy cerca para alcanzarme, que si aguanto un poco más quizás se serene, que posiblemente solo es un cambio de ritmo corto, sé también que viajé para estar en ese lugar, en ese momento y superarlo. Sé todo eso, pero no puedo achicar, llega un momento invisible en que la desconexión se logra y ahí todo se desmorona. Me pasan algunos, no puedo conectarlos, me enojo, me decepciono; quiero pero no puedo.

Intento mantenerme suelto a pesar de sentirme lento, nos vamos acercando al retome en U, desde allí solo es desandar lo andado por la otra mano de la avenida. Ya varios me han pasado, pierdo la cuenta, me desenfoco, nunca vi el cartel del tercer kilómetro. Es muy difícil correr pensando que no tiene sentido.
Pero después de girar me acomodo, conecto a dos que iban delante de mí. Me estabilizo detrás de ellos, ya no estoy tan mal, me olvido un poco del puesto y me enfoco en el presente, voy bien detrás de ellos. Antes del cuarto parcial, uno de ellos tímidamente busca abrir, yo me siento mejor, puedo intentar yo también, cruzando el cartel del kilómetro cuatro salgo a buscar más adelante, ninguno de los dos me sigue, intento soltarme, falta poco, vamos a correr.

La punta nunca se fue lejos, solo que cuando me cortaron la perdí de foco, pero ahora la sigo viendo, van todos cerca, en una fila india con 20 o 30 metros entre cada uno. Diviso al quinto, no está lejos, menos de cien metros, ahí está el podio, hay que buscarlo, aún no se terminó nada, todos seguimos corriendo, estoy cansado pero calculo que todos lo estamos; hay que averiguar quién está más cansado. Veo que achico, aunque sea un poco me acerco, en el medio hay otro atleta, voy séptimo. Pero de golpe siento unos pasos muy cercanos y no van delante de mí, estamos llegando a una amplia curva a la derecha y alguien busca pasarme por dentro. Mi atención ahora está atrás, cierro la cuerda y me pongo a su espalda, no viene tan rápido como para cortarme. Entramos a la recta final, los veo a todos, desde el primero hasta mi nuevo compañero, todos estamos cerca, vamos corriendo en perfecta línea justo por el medio de la calle, evitando las zonas más húmedas de los laterales. Todos estamos ahí, a pocos metros, pero cada hueco es un pequeño abismo.

Mi compañero presenta unos cambios de ritmo, los primeros los controlo, pero en uno logra abrir un metro, ya el podio no está en la discusión, ahora solo peleamos un puesto más entre miles, nada va a cambiar; séptimo, octavo ¿Qué diferencia hay? Por un momento creo eso.
Abajo de verde el sexto, yo intentado despegarme

Pero me gusta correr, y no me gusta que me ganen. Suelto lo que queda y me pongo a la par, el arco se ve claro, faltaran 300 o 400 metros, ya es hora de gastar lo último, levanto las rodillas, solo miro la llegada, al principio pienso en el otro, en si me sigue, pero luego solo pienso en mí, en que tan rápido puedo correr en ese instante, quiero exigirme cada paso más, no va a cambiar ningún puesto, pero me da felicidad, ya todo termina, por momentos me sentí muy mal, no solo física, sino anímicamente, al ver como mi sueño se iba. Pero estoy en carrera y la llegada me espera, son los últimos metros, los quiero disfrutar, abro los brazos, por un instante recuerdo a mi perseguidor y miro hacia atrás, pero no hay peligro, el momento es todo mío, levanto los ojos al nublado cielo carioca y una sonrisa me ilumina la gris mañana, escucho “Gustavo Ezequiel” por los altoparlantes, algo más dice pero no lo entiendo, el arco está ahí esperándome, apretó los puños y exprimo las últimas gotas de alegría.

No hubo cinta al cruzar la línea, no hubo podio, pero dejé todo, un brazo se me acerca, es Diego Winitzky que apreta mi mano, tiene fuerza, y yo estoy cansado, ahora cuesta caminar. Lo veo a Ezequiel, ambos sabemos que faltaron dos puestos, me muestra la foto, el primero llego a menos de cien metros, estaba todo ahí, faltó muy poco para alcanzarlo. A veces más cerca, a veces más lejos, pero siempre hay algo adelante para seguir buscando, en la búsqueda de eso, que nunca termina de definirse: encuentro la felicidad.

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Ezequiel Brahim
Ezequiel Brahim

Seguramente no soy el único que empezó a correr para bajar de peso. Ya cinco años pasaron, y no sólo conseguí bajar de peso, descubrí nuevos mundos, al principio en la calle el universo del running, luego, en la pista, el atletismo de elite. Compartir lo mejor de ambos, es el impulso para escribir cada linea.

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