Cara a cara con la derrota

Cara a cara con la derrota
abril 27 19:31 2015
Minutos antes de largar

Minutos antes de largar

Cuando se acaba la euforia; cuando los alientos, las fotos y las felicitaciones se apagan, cuando ya no hay más nada que celebrar, ahí quedó solo: mirando cara a cara a la derrota.

Cinco mil metros, una docena y media de vueltas, la distancia en la cual debuté en pista. La misma en la que (comparativamente con los diez y tres mil metros), tengo mi peor registro. Creía que ya era momento de cambiar esa historia. Más mirando hacía fin de año, donde pretendo debutar en el Campeonato Nacional, en los 5.000 metros. Como tantas veces en el atletismo, todo se resume a números. 15’10” para clasificar al Campeonato. 15’09” mi mejor marca en octubre del 2014, pero habría que revalidarla este año. 15’00” como barrera a romper. 14’50” como marca ideal; soñada todas las noches, toda la semana.

Clima casi perfecto. Poco viento, lindo sol, un poco de calor. Clima humano ideal. Mucho público, amigos, compañeros, conocidos alentado alrededor de todo el ovalo. Una buena semana de descarga, estadía desde el día previo en la reina del plata, plácido descanso y prolija alimentación. Excelentes atletas para correr a la par. El escenario estaba armado a la perfección, sólo quedaba correr. Y tenía todas las ganas de hacerlo.

Caminando por la recta opuesta, mientras escuchaba la lista de los atletas, me sentía confiado, más mental que físicamente, había visualizado muchas veces esa largada en los últimos días. Quería convencerme de que ese sería “el” día. Y contaba con dos amigos de las pistas para hacer que suceda: Fabián Manrique y José Félix Sánchez. La estrategia estaba clara, una vuelta cada uno, 1’12” el giro. Como refuerzo de último minuto, Rodrigo Biedma nos comenta que quiere correr al mismo ritmo, uno más para el equipo. Parecía imposible fallar.

De izq. a der: Manrique, yo, Sánchez y Biedma

De izq. a der: Manrique, yo, Sánchez y Biedma

El disparo nos daría la respuesta. Largando por primera vez sin reloj, me faltaba algo que apretar mientras cruzaba la línea, así que apreté los dientes y traté de mantener mi posición en el pelotón. Había quedado encajonado en una tropilla de atletas, entrando en la recta principal, tuve que abrirme hasta el andarivel tres, para salir cómodo a buscar la punta. Ya estaba Sánchez comandando el ritmo y pasamos con precisión la primera vuelta. Biedma se hizo cargo de la segunda y la tercera. Las buenas sensaciones, que deberían acompañar estos prematuros giros, no aparecían.

De izq. a der: Manrique, yo, Sánchez y Biedma

Pero no quería estar afuera de la conversación y pasé a liderar la cuarta vuelta. Biedma de a poco se nos aleja y quedamos trabajando en equipo con el trío inicial. Le pego el grito a Fabián para que lidere el grupo. Sigo incómodo, por lo que dependemos de todos para llegar a buen puerto. A la siguiente vuelta retoma Sánchez. Con mi hermano gritando el tiempo en cada vuelta, entiendo que le reloj nos empieza a ganar. Las sensaciones son raras, cuando voy atrás de alguien siento que me frena, cuando paso al frente no tengo fuerzas para buscar más.

Entramos a la mitad de la carrera, el momento crítico, el que había visualizado tantas veces. Saliendo de la curva para tomar la recta opuesta, paso a la punta al grito de “vamos a buscar, es ahora o nunca”. Fabián y Félix pegados atrás míos, Rodrigo no está tan lejos, clavo la vista en su nuca, creo que es posible.

Pero no siempre creer es poder. El cuerpo no va, empujo la impotencia. Biedma se sigue alejando  y mi hermano me continúa pegando en el pecho con los tiempos. Los objetivos se van cayendo como las doradas hojas en los robles de CeNARD. Rápidamente me olvido de los 14’50”. No guardo nada pero bajar los 15’00” se aleja cada vez más. Ahora la lucha, es contra mi mejor marca: 15’09”. Pero los segundos se escapan, junto con la confianza. Ya no lo escucho cerca a Félix, me abro para que me releve Fabián. Tengo que mantener pegado detrás de él, no hay otra opción, si me desprendo, la caía puede ser hasta lo más profundo.

11182320_879775585402230_1494957473143306799_nOtra vez una luz de esperanza para alcanzar a Rodrigo, lo aliento a Fabián para que lo intente. Busca, incluso me abre un poco y creo que será una lucha sólo entre ellos, pero a los pocos metros no se le acerca más. Sólo queda, como recuerdo de ese intento, una grieta entre nosotros dos que no puedo cerrar. Y como erosionada por el viento, poco a poco, crece, se agranda, nos separa un poco más. Todo mi enfoque está en esa nuca rapada y ese jopo nevado, no veo la pista, no veo a los contrarios, sólo tengo que alcanzar esa cabeza que se hace, muy lentamente, cada vez más pequeña.

Dos, cuatro, seis metros, casi nada, se recorren en un segundo, pero no los puedo descontar. Entramos en el último kilómetro y lo persigo, ya sin pensar en marcas, en clasificaciones ni en tiempo alguno. Sólo intentando correr lo más fuerte que puedo, mientras siento que voy muy lento. Esa hermosa lucha interior, esencial en el atletismo: lo que puedo contra lo que quiero.

Pero siento que voy perdiendo la batalla, que no puedo lo que quiero. Campanazo final, última vuelta, como en un movimiento reflejo, sin pensar en nada, tiro sobre la pista la última energía que me queda. Cruzando la línea de llegada vacio sé que me voy a sentir en paz.

La felicidad no siempre sube al podio

La felicidad no siempre sube al podio

Y así es, no hay más nada, todo quedó en media docena y media de vueltas. No me reprocho, corrí lo mejor que tenía en ese momento y en esas circunstancias. Recibo las cálidas felicitaciones de amigos y conocidos, saludos y buena energía. Abrazos sudados con los que están llegando, mis respetos a quienes merecidamente llegaron delante de mí. Rodrigo Biedma ganando al carrera con 15’04” era el hombre a seguir, corrió parejo, en solitario e hizo lo que nosotros hubiésemos querido esa tarde. Fabián Manrique en 15’13”, cruzando tres segundos antes que yo me ubica en el tercer puesto. Lindo podio, con buena gente, pero no consuela.

No hay excusas, estaba dado para correr “como quería” y no lo hice, sólo corrí “como pude”. Todo se apaga, y quedó solo: mirando cara a cara a la derrota. El problema no es mirarla, sino que me mire sin darme respuestas. ¿Por qué, haciendo lo mismo, que tantas llamó a su hermana Victoria, hoy no funcionó?

Creo saber el motivo de su presencia, tengo que aprender algo, la derrota siempre enseña. Aún no sé qué, pero tengo tiempo para averiguarlo. El mundo sigue girando, indiferente a pequeñeces, y no importa lo que pase el fin de semana, si me elevo en las cumbres o me derrumbo en los abismos, el lunes todo se resuelve con un trote. Suave, tranquilo, para reencontrarme, cara a cara, conmigo mismo. Para redescubrir, una vez más, porque que corro.

Porque me hace sentir vivo, porque es la mejor forma de escaparle a la muerte. Porque mientras corro, soy inmortal.

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Ezequiel Brahim
Ezequiel Brahim

Seguramente no soy el único que empezó a correr para bajar de peso. Ya cinco años pasaron, y no sólo conseguí bajar de peso, descubrí nuevos mundos, al principio en la calle el universo del running, luego, en la pista, el atletismo de elite. Compartir lo mejor de ambos, es el impulso para escribir cada linea.

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