15K New Balance, un relato salvaje

15K New Balance, un relato salvaje
agosto 07 23:35 2018

A las 7.30 del domingo y mientras el sol se demora tras el Río de la Plata, unos 10.000 aficionados se amontonan sobre el asfalto de la avenida Figueroa Alcorta. Podrían llenar la cancha de Defensa y Justicia, pero no son futboleros sino runners, y dan así inicio a la carrera más convocante del año: los 15K de New Balance. Corren con las pulsaciones al máximo, entre todos bombean más de cien mil litros de sangre por minuto. La adrenalina despierta la ciudad. Y uno de esos soy yo.

Largué en ese grupo gris que se denomina elite B. Parece que somos buenos pero no tanto. Y no creo que me siente tan mal. Puedo ganar una carrera si somos poquitos; pero en esta de 10.000, no tenía chance.

Aunque bajo el arco de largada la adrenalina es la misma, o mayor. Porque me media contra varios de los mejores del país, porque había muchos de mi nivel, de esos B, con los que nos íbamos a dar duro y parejo. Hasta que de golpe ya estás en el cuatro, tres, dos, uno y acomodate como puedas porque explota la manada y hay que ubicarse con la punta, entre la punta, junto la punta, hay que salir a demostrar qué tenemos de elite.

Explota el amanecer. Foto: portfacilities

Como a cualquier corredor, me encantan los números redondos. Y para esta carrera el número era el 50. Menos de 50 minutos en los 15k sonaba muy lindo en mi cabeza. Es a menos de 3’20”/km. Era algo no imposible; dentro de mi cabeza.

Pero en esa largada parecía que todos eran elite A y yo elite F. Me pasaron por todos los costados. “Paaa… que están apurados chicos”. En un momento hasta vi una chica adelante mío. Sin embargo mantuve la calma, no se afecto mi orgullo machista y continúe firme en una partida conservadora, buscando alguna espalda detrás de la que ahorrar energía. Al final no me equivoqué, el primer kilómetro sonó en mi reloj y vi 3’20”. La mañana empezaba con sensación fina.

Y siguió así el kilómetro dos y el tres, ambos marcaron 3’20”; y ya había hecho yunta con Ignacio Oliva, el atleta de Fila. No hacía falta ni hablar –generalmente no hace falta, ya todos nos conocemos de alguna otra carrera–, y entre los dos empezamos a buscar un poco más adelante. Apenas le tiré un “vamos Nacho” y en el km 5 conectamos a Claudio Cirone, alias “el negro”. Es vecino de mis pagos, también conocemos de muchas zancadas. Así que con el negro, Nacho y otro más se armó un cuarteto mientras pasábamos debajo de la General Paz y nos lanzábamos por el paseo de la costa en Vicente López, mientras intercambiamos la punta sin perder ritmo, hasta que llegó el fatídico kilómetro siete.

En ese momento venía en punta y de golpe; mil recuerdos vinieron a mi mente. Lo mucho que me cuidé con la alimentación los días previos, los licuados de banana y pera que me hice, la granola de fibra que los acompañó; y como eso repercutió en mis intestinos. Aclaro, soy de comer mucha, pero mucha fruta, así que estoy acostumbrado a un tránsito ágil y frecuente. Pero la fibra no es tan habitual en mi dieta y entiendo que ahí se altero mi ecosistema. La cuestión que, en pocos segundos, pasamos de una carrera perfecta, a una búsqueda visual desesperada por un baño químico, o una cartel que tapara mi humanidad agachada, o al menos un yuyo alto. Nada aparecía y yo solo fruncía.

Pensé en abolir mi moral recatada y atender el llamado urgente de la naturaleza en plena vereda. Pero recordé que las primeras damas no venían tan lejos. Y una cosa es entre muchachos que nos conocemos de todas las carreras, y otras entre ladies que no suelen ser compañeras habituales. Por lo que dirigí la fuerza de mis piernas a contener mi demandante vientre y seguí como pude. Ya sin puntear el grupo, ni pensar en ritmo, ni proyectar la carrera; solo en salvar mi dignidad.

En ese momento venía en punta y de golpe; mil recuerdos vinieron a mi mente

Kilómetro nueve. El llamado de mis entrañas da una tregua y puedo dedicarme más a correr. Con un escueto “Nacho, paso yo”, vuelvo a marcar el ritmo y tratar de reenfocar la cuestión. Hasta que llega la subida a la autopista.

La rampa de puente Labruna empezaba su ascenso y percibía con visión periférica que mis compañeros de viaje la sentían más empinada que yo. Así que por un rato me olvidé de mis intestinos y pensé en las tantas veces que hice cuestas de un minuto a ritmo de tres el mil en el puente de Lobos, mi ciudad. Lo he hecho con sol, con viento, con frío, con lluvia; ahora tocaba hacerlo con ganas y aprovechar la oportunidad.

Me voy, me voy y ya empieza la bajada. Uno solo se me pone a la par, pero para mitad del descenso logro alargar más el paso y ya no hay nadie en la periferia, ya se ve el cartel del 10K adelante, ya apareció un objetivo nuevo.

A unos 80 metros diviso a Lucas Machado, el joven atleta de Bahía Blanca. Mi vista se clava en sus dos orejas, en ambas tiene aros, yo seguía esos aros oscilantes. Me repetía lo mismo que me repito siempre en esos casos “seguilo, miralo, no importa si lo alcanzás, pero mientras más lo sigas más te vas a separar de los de atrás; hagas lo que hagas no dejes de mirarlo nunca”. Siempre esos aritos, luchando por pensar en lo que debía y no en lo que fruncía.

Allá por el doce y pico lo conecto, con lo justo, y me quedo atrás. Pasan las zancadas, me acomodo, y cuando pisamos el kilómetro trece me pega un cambio que me encuentra si nada para responder. Y vuelvo al mantra “seguilo, miralo, no importa si lo alcanzás, pero mientras más lo sigas más te vas a separar de los de atrás; hagas lo que hagas no dejes de mirarlo nunca”. Y aunque no lo crean, vuelve a funcionar.

Se fue, pero no tanto, lo conecto poco antes del catorce y otra vez juntos a la par. Retome en U al pasar debajo de las vías, ya solo queda correr con el arco de llegada casi a la vista. Relojeo en el retome, nadie nos seguía de cerca; éramos Lucas, yo y la llegada ahí nomás. Faltaba mucho poco, ya casi nada, era el momento, algo tenía que pasar. Y pasó.

A seiscientos metros de la meta me pega un cambio como pasando de gas a nafta. Pero nafta premium. “Listo”, pensé “si esa es la propuesta, andá solito nomás que yo me arreglo para llegar a mi ritmo”.

Sin desesperarme, otra vez a mi querido mantra: “seguilo, miralo, no importa si lo alcanzás, pero mientras más lo sigas más te vas a separar de los de atrás; hagas lo que hagas no dejes de mirarlo nunca”. Y aunque no lo crean, sí, funcionó otra vez.

Lucas me sacó unos ocho metros pero no más, yo alargué de a poquito el paso y lo conecté. Ya estábamos cruzando Dorrego, ahora sí se veía el arco de llegada y creo que recién ahí me olvidé de cuidar mis impulsos evacuatorios. Solté el paso lo más posible, procuré no tensar ningún músculo innecesariamente y solo miré para adelante. Me iba, me iba y no era para el baño.

A pocos metros veo el reloj de la llegada, marcaba 49’57”, “ah! está ahí nomás…” y estiré y estiré, pero no. Vi como aparecía ese 50 redondón, socarrón, burlón.

Cruzo el arco feliz, muy feliz. Me doy vuelta, lo saludo a Lucas que ahora llega, apenas me registra, se va a un costado e intenta vomitar. Ahí recuerdo que yo también tengo un asunto pendiente con mi aparato digestivo. Y veo lo lejos, lejos que queda la salida.

“Cruzo el arco feliz, muy feliz” Foto: Fotorun

Nos trataron muy bien a los elite, sin diferenciar A o B y nos pusieron una linda carpa con dos baños solo para nosotros. El tema es que la carpa estaba en la llegada pero del otro lado de las vallas. Había que hacer todo el camino hasta la salida y luego desandar el mismo trayecto. Que si bien no sería más de 400 metros, en cada paso parecía acechar la tragedia, la avalancha definitiva, la temida visita del amigo del interior.

No me avergüenzo en reconocerlo. Los últimos 50 metros lo hice a los gritos. Era la única forma de canalizar la energía restrictiva. Con pasos zambos y mirada perdida transpiraba frío. Aún no habían llegado muchos corredores, pero los muchachos del staff pensarían “mirá este pibe, cómo quedó de la carrera…”, al observar con lástima mi humanidad. Pero yo ya estaba ajeno a la realidad, el universo había desaparecido y solo venía al final del túnel ese lejano baño químico.

Euforia, placer, plenitud, que cúmulo de sensaciones al abrir la puerta aún indemne y sentarme sobre el trono. Soy humano y lo confieso, fueron varios alaridos los que salieron de ese santuario de plástico verde. Ni por un instante pensé en el qué dirán, al escuchar semejantes gritos escapar del sanitario. Me sentía consumado, liberado, exculpado de todo mal. Ya era uno con el cosmos.

Luego de salir con cara de acá no ha pasado nada, fue momento de volver a la carpa, abrigarme y cambiar de rol onda Clark Kent en la casilla telefónica. Pero lo mío era menos heroico, apenas pase de atleta a periodista. Y a poco de terminar la carrera ya estaba entrevistando a los protagonistas para hacer esta nota que salió al otro día en La Nación: Un domingo singular.

Mi clasificación oficial decreta que cumplí con mi rol de elite B: 50’04” y un puesto 20. Lejos están estos números de contar la verdad que escondí en los más recóndito de mi ser a lo largo de casi 8 kilómetros, los más largos de mi vida. Esa verdad que hoy ve la luz a través de tu lectura indiscreta y te pide que no le cuentes a nadie, que no se vayan a enterar, que los 15K de New Balance los terminé muy bien, pero cagando.

“Seguilo, miralo, no importa si lo alcanzás” Foto: Fotorun

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Ezequiel Brahim
Ezequiel Brahim

Seguramente no soy el único que empezó a correr para bajar de peso. Ya cinco años pasaron, y no sólo conseguí bajar de peso, descubrí nuevos mundos, al principio en la calle el universo del running, luego, en la pista, el atletismo de elite. Compartir lo mejor de ambos, es el impulso para escribir cada linea.

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